Obras del escurridizo chivo blanco
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Prólogo Hay libros que se leen como quien atraviesa una puerta bien iluminada. Este no es uno de ellos. Aquí la entrada es un pasillo torcido, apenas alumbrado por un crepúsculo incierto, donde lo grotesco, lo erudito y lo blasfemamente festivo conviven con absoluta naturalidad. Los cuatro relatos que componen este volumen parecen surgir de una tradición antigua y turbulenta: aquella en la que la imaginación se permite mezclar la teología con la taberna, la erudición escolar con la pesadilla, el humor con la podredumbre. El lector advertirá pronto que estos cuentos no buscan la verosimilitud cómoda ni el orden moral de las narraciones edificantes. Más bien se complacen en el exceso, en la deformación, en el absurdo llevado hasta sus últimas consecuencias. El mundo que aquí se despliega recuerda vagamente a ciertos infiernos literarios donde lo demoníaco y lo ridículo se dan la mano. Aparecen eremitas que esconden algo peor que la santidad, peregrinos que tropiezan con libertinajes imposibles, castillos que parecen respirar una enfermedad espiritual, y figuras —humanas o no— que se mueven entre la farsa, la condena y el delirio. Pero en medio de esas escenas desmesuradas hay también una ironía persistente: una sonrisa torcida que parece insinuar que el horror y el disparate no son ajenos a la condición humana, sino una de sus formas más sinceras. Conviene advertir que estos cuentos no están escritos desde la prudencia sino desde la imaginación desatada. Se permiten irreverencias, exageraciones y digresiones que recuerdan más a los viejos narradores de taberna, a los cronistas de prodigios y a los fabuladores barrocos que a los narradores disciplinados de nuestro tiempo. Su lógica es la del sueño febril o la del manuscrito encontrado en una posada infernal. Tal vez por eso el lector que se aventure en estas páginas deba hacerlo con cierta disposición: aceptar que la narración puede torcerse, que lo grotesco puede volverse filosófico, y que lo diabólico puede resultar, por momentos, inexplicablemente cómico. Si al terminar el libro queda la impresión de haber atravesado un pequeño infierno literario —uno poblado de fantasmas, libertinos, demonios y delirios— entonces estas historias habrán cumplido su cometido. Después de todo, no todos los libros buscan consolar al lector. Algunos prefieren invitarlo a perderse un rato en el reino del Chivo Blanco. |
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